A mi papá que me hizo hincha de Colo-Colo

Esto es Colo – Colo!

Este ColoColo que no pertenece a nadie en particular,
pero que pertenece a todos en general. Pertenece a Chile entero.
Este ColoColo, como hablábamos con Héctor hace un rato,
cuando comenzaba la jornada, que ha sido sintetizado
como fenómeno social por psicólogos y sociólogos.
Y yo preguntaba esta noche ¿Qué es el fenómeno social?
¿Me lo pueden explicar?
Que vengan los doctos, que vengan los maestros,
que vengan los literatos, que vengan los hombres de la poesía a describirnos esto.
¿Exceso de fanatismo? ¿Exceso de ilusión?
Es que ColoColo es una cosa tan difícil de explicar.
Es que como yo decía: ColoColo es un trozo de cordillero,
porque si su camiseta es blanca, alguna razón tendrá,
porque ColoColo es mano de trabajador,
mano callosa del obrero, es sangre araucana que corre por las venas,
es pulmón de trabajador, es genuina expresión de aquellos que se
esconden en la profundidad de la mina, que se ensucian
con el carbón, que luchan de sol a sol,
porque allá, a tajo abierto en Chuquicamata o
bajo la tierra en el mineral de El Teniente,
luchan diariamente y tienen como única
satisfacción a lo mejor en la semana,
más allá de la remuneración, más allá del sueldo,
el saber que sus colores, sus pendones son triunfadores.

Vladimiro Mimica, 5 de junio de 1991

Si hablo de mi familia tengo que irremediablemente hablar de ColoColo. Si hablo de ColoColo, debo ir a las profundidades del barrio, de mi padre, mi madre y mi hermano. Tengo 27 años soy profesora de una escuelita, y cada vez que alguien me pregunta:“¿Tía, de qué equipo es usted?” contesto altiva que soy del más grande. Así es como me enseñaron y así es como lo siento yo.
Mi padre, un cocinero sacrificado y trabajador, ensimismado, cabizbajo, con una personalidad silenciosa, impenetrable, del que uno nunca supo qué pensaba o cómo entablar una conversación que le interesase más allá del fútbol. Lo único que lo hace salir de su silencio es el fútbol, pero aún más que el propio fútbol, ColoColo. Desde pequeña la única forma que encontré de tenerlo cerca era acompañándolo al estadio, sin decir palabras, tratando de encajar en su silencio, de no molestarlo. Al principio como niña no entendía nada, luego, después de cada gol en contra, los nervios de niña me invadían, pero la voz seca de mi padre me decía: “Vamos a ganar, esto es ColoColo” esa frase siempre estaba y, como un presagio, siempre resultaba. Mi padre la enunciabay el Cacique no se daba por vencido, hasta el último minuto sus guerreros se jugaban la vida en la cancha.
Así fui construyendo mi visión sobre el fútbol, a partir de ese coraje que impregnara David Arellano, dando su vida en canchas españolas. Ese coraje y valentía que los marginados, los sin voz, los que sudan hasta el alma para ganarse unos pesos y parar la olla entienden y los identifica, porque la cancha es la vida y ganar el domingo es doblarle la mano al destino infame.“Porque naciste de gente humilde con alma de pueblo” dice la hinchada. Eso para mí es ColoColo, el alma del pueblo, de los trabajadores que gozan con los triunfos y sufren con las derrotas.
Los recuerdos de infancia son como tesoros del almay aunque yo era muy pequeña para dimensionar lo que era ganar la Copa Libertadores de América, ahí estuve en brazos de todos los que caminaron desde Recoleta a Plaza Italia, en el carnaval más bellamente improvisado que se haya visto jamás, con banderas gigantes, la cara pintada y el corazón saliéndosenos del pecho, pulsando al son de los tambores. Desde tan pequeña experienciando esa fiesta del pueblo, las navidades albas, los ritos, los cantos, todo felicidad.
Recuerdo celebraciones en mi casa, con los amigos de mi hermano, los de “La Reco” invadiéndonos la casa con camisetas blancas y mi padre al medio de ese particular estadio, en silencio, con un vaso de cerveza, viendo con lágrimas en los ojos las repeticiones de los goles del ColoColo campeón. Por esa razón desde pequeña supe que el fútbol nunca fue sólo futbol, era el brillo no disimulado en los ojos de mi hermano, y la emoción de un gol no era sólo eso, era un retrato sublime de lo que una conquista en el arco rival puede provocar en la vida de una persona como mi padre, porque tengo la sensación de que la cancha de fútbol, lo dije antes, es como la vida y la proyección interna de la libertad, de quedarse niño para disfrutar de un partido eterno, y no salir de la cancha nunca más.
Mis adolescencia fue de estadio, acompañando a mi padre a Valparaíso, Viña del Mar, Coquimbo, el espectáculo era más pobre en infraestructura, pero era más rico en acción, las entradas eran razonables y el fútbol aún no estaba tan mercantilizado e industrializado como ahora y ColoColo era ColoColo, los jugadores nunca lo olvidaban, la mojaban y aunque fuera perdiendo la frase “esto es ColoColo” era fiel reflejo de esa esencia futbolística y de lucha.
Cuando las nubes negras se posaron sobre Macul en tiempos de quiebra, llenaba el alma ver a su gente luchando por sacarlo de ese agujero profundo y aunque dicen que después de la tormenta viene la calma, ver llegar a Blanco y Negro dio con ese adagio en el suelo, al suelo donde también se fueron nuestros sueños, la privatización de nuestra pasión patentó nuestra frustración, porque ellos no son ni serán ColoColo. Dirán que el Cacique no es el de los últimos tiempos, puede ser. Se perdió la esencia, dirán otros, puede ser también, sin embargo creo que la esencia del popular somos nosotros. En nosotros, su gente, sus hinchas se mantiene vivo ese Albo que lo podía todo y aunque puede parecer un autoconsuelo, pero ellos, los que transformaron el Club de todos en un negocio de pocos, no sabrán nunca, no serán portadores jamás de esa esencia, nuestra pasión.
Los años han pasado, mi padre fiel a su silencio, mi hermano optimista, mi madre que ya no ve partidos porque el “calma, esto es ColoColo” ya no sirve y los nervios que la invaden, se hacen parte de cada partido. Yo soy realista, pero el amor por esta familia alba no me deja bajar los brazos. Tengo sobrinos pequeños que no bajan la cabeza con las derrotas, porque amar al Cacique es tradición familiar. Por eso, para que ByN no siga quitándonos la esencia, necesitamos juntar a la familia, porque pueden pasar cosas terribles a lo largo del tiempo, pero la familia se mantiene unida, y te tiende la mano cada vez que lo necesites. Nosotros somos la familia alba y en esa familia ByN no tiene cabida alguna.
Yo quiero ser parte de esta lucha familiar para poder decirle a mis sobrinos, hijos, nietos cada vez que el marcador está en contra: “Tranquilos, vamos a ganar esto es ColoColo”.

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