Soy la promesa, esa que no promete nada

Me dice que le rompí la razón

Que el corazón se le rompió en mil pedazos como en los dibujos animados.

Me dice que me deseó lo peor cuando tenía rabia

Que se tatuó un dolor con mi nombre

Que conoció lo que era el desamor

Que me gritó mil veces para que volviera

Me dice que las palabras de amor siempre le van a recordar mi rostro

Que fui lo mejor y lo peor que le pasó en la vida

Que sus ganas de no dejar de amarme estaban cerquita de las ganas de crucificarme en la plaza pública

Dice que luego en su vida hubieron más amores, pero ninguno como el que lo hace soñar con mi nombre

Dice que yo no sé de amor, que no sé de sufrir, que no sé del dolor.

Yo le digo que sé  de dolor, de sufrir porque lo tuve en frente, y era perfecto, y su amor era inmenso y profundo y aún así no pude amarlo, y me dolió hasta el alma no poder hacerlo porque lo veía, así tan lleno de amor por mí, pero no pude amarlo y yo me llené de dolor por no hacerlo, me enojé con la vida, conmigo misma, porque al parecer soy incapaz de amar las cosas definitivas. Porque tal vez el apodo de “estrecha de corazón” se hizo más real y yo aún no aprendo a amar a un compañero de vida, o tal vez porque mi amor no nace desde los mismos lugares que el amor tradicional, tal vez sigo amando la idea de ser, y no el ser, tal vez sigo amando la libertad, sigo amando el caminar sola. En eso te doy la razón, pero nunca digas que no sé de dolor, porque el no poder amarte como querías me dolió y se tatuó en mí como se tatúan sólo los dolores de la vida.

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Mi primera canción

Debe haber sido a los 14, la primera vez que sentí que el amor era parecido a la locura.  La locura se llamaba Esteban y era el de mirada verde, como la esperanza.   Yo iba en 8vo básico, él, en tercero medio.  Me aprendí todos sus detalles, esos que me hacían despertar para ir al colegio todos los días, soñando con un imposible, escribiéndole cartas que nunca le iba a entregar.

Lo soñé un semestre completo, y después de eso, lo soñé un par de años más.

 

Esteban se hizo real el día en que notó mi presencia y quiso que nuestra historia no fuera sólo las miradas. Me regaló mi primer beso en el Parque Santa Mónica. No se me conmovió ni un músculo para  que me viera sonreír porque mi voz de niña me decía que él era la locura, y yo ya no quería una locura tan real. Monosilábica siempre,  nunca lo dejé verme sonreír. 

 

 

Los años nos sacudieron, nos pasaron, pero no nos olvidaron.  Su facha de galán, esa que era de él no más, la actitud que le correspondía, la del ahogado más hermoso del mundo.

 

Un accidente nefasto hizo que en la película que es mi vida nos reencontráramos adultos, su mirada ya no era tan verde esperanza y mi situación era accidental,  lo dejé verme sonreír esbozando un recuerdo inocente. Todavía era la locura . Y a pesar de la montonera de años, me quiso invitar a la locura nuevamente, pero yo no iba a dar mi mano para tomar la de él. Porque yo aún no quería volverme tan loca.

 

Esteban, ojitos verdes, nunca me viste sonreír a escondidas cuando me preguntabas si quería comer helados  cuando la tarde se volvía demasiado agobiante, y tú sólo querías verme sonreír. 

Hotel de las nostalgias (Borrador)

Primer borrador sin editar

Sueño

 

Tengo ganas de verte dije y te fui a buscar, te esperé afuera de la estación soledad, y te tomé de la mano mientras la estación se desintegraba detrás.

Luego te fuiste navegando en un barquito de papel hacia isla desolación y yo volví a reconstruir estación soledad donde tomo el metro cada mañana para ir a vagar por las estaciones del frío.

Te volví a encontrar en espejismos mientras le susurrurabas a la risa, y te dije con voz de susto, yo a ti te conozco, y me dijiste que era imposible, me volví a sentar en el rincón del espejo y pretendí que escribía mientras tú te tomabas un café y tu música ocupaba todos los demás lugares del espejo. Y me volví a parar y te dije, yo a ti conozco, tu sonrisa le dijo un secreto a la mía y se te cerró un solo ojo. Yo a ti te conozco, me memoricé tus gestos y tu música me sale de adentro.

Imposible me dijiste, yo a ti nunca te he visto. 

Me fui a caminar por los caminos del espejo pensando por qué este sujeto no me recuerda, y me encontré entre las casas al cartero, que dijo yo a ti te conozco y le contesté que era imposible, y me dijo: ” yo te llevaba las cartas”, y luego recordé. Pensé en la poca importancia que le damos al cartero, el me había visto crecer, y yo no recordaba ni su rostro. Me devolví por el camino para preguntarle al cartero por mis cartas para romper cadenas y mientras lo buscaba vi que había un cuarto en llamas, fui a ver y estaba el sujeto ardiendo, le tomé la mano y le dije, hey!! ¿Qué haces suicida?

Me miró en cólera y me dijo me suicido estúpida.  Le contesté que no en mi espejo.

¿Qué importa dónde?

A mi me importa porque yo no te dejo morir en ninguna de mis realidades. 

Ven a mi lado sujeto, riámonos de los espejismos.

¿Qué haces? Si yo no recuerdo ni tu nombre… y qué importa que no recuerdes ,sujeto

Tengo tu música danzando en mis venas y la vida de mi hijo emerge de tu cuerpo.

Ven vamos que te enseño el hotel de las nostalgias.

El cuarto siguió ardiendo, y en menguante salió sujeto, me tomó de su mano cremada y tiritó al sentir el frio que yo llevaba adentro.

Ven mira, este es hotel de las nostalgias, vamos a revisar todas sus habitaciones a ver si recuerdas…

Este es el cuarto del sueño, y de pronto comenzaron a salir notas musicales de tus manos.

Y yo me estremecí mientras escuchaba y me dijiste que ya no querías escuchar…

Te llevé al cuarto de al lado y me dijiste que sentías que ya habías estado ahí. Luego tiritaste y me dijiste que querías dormir, te dormiste narcoleptico en tres segundos después de que yo conté al revés para que te venciera el sueño.

Y me dormí a tu lado tratando de hacerte recordar.

Te abracé fuerte, fuerte, porque quería ahogar a soledad.

Despertaste en la madrugada y saliste a recorrer los otros cuartos, te encontré jugando con la ropa de niño que tenía el olor de Pascal y su tristeza de navidad.

Me dijiste qué donde estaba Pascal y yo presentí que ya comenzabas a recordar…

Ya no está te dije y se te nublaron los ojos…

¿Donde está Pascal?  Gritaste y me acerqué, Toqué tu pecho y te dije que estaba ahí adentro. 

Y me dijiste ¿Qué puedo hacer para que salga?

Te dije el secreto de la noche,

Perseguiste a Pascal todo lo que quedaba de oscuridad, jugaron en todas las habitaciones 

Y el niño al fin sonrió en su triciclo mágico.

Me regaló una sonrisa en amanecer, y ya aliviada de verte sonreir me fui caminando a la estación de metro esperanza. Tomé el carro y desaparecí entre el día y la noche…

Tu sonrisa hizo que yo ya no tuviera frio aquí adentro.

Salí en la mañana vestida de gárgola a pasear por la ciudad de los espejos, y me encontré con Aureliano meando el castaño, me preguntó si ya había muerto, le dije si cariño, sólo falta que tú lo sepas, te moriste de la peor forma, sin brillo ni escarcha, pero para mí siempre serás el primero que me enamoró con su llanto de vientre, y le di el beso más hermoso que le he dado a un muerto. Mientras caminaba por la ciudad vi a Pascal en su triciclo mágico y pensé que era un espejismo, me gritó aquí estabas mamá y me abrazo fuerte, me dijo papá ya me proyecto de adentro, y está desesperado buscándote en casa de Pilar para ver si aún tu risa espantaba palomas, y me reí a carcajadas, me viniste a buscar, sujeto, te dije, y me miraste oscuro, me dijiste que ya no tenías dudas, mi risa era igual a la de Pilar, y nos reímos felices en espejismos, cuando te fui a abrazar te desintegraste y desperté en el hotel de las nostalgias a tu lado, donde me miraste en terror y me dijiste, yo a ti no te conozco. Y te dije yo a ti si…imposible me dijiste… y desaparecí de la habitación del sueño para llegar a la habitación de la conciencia y la verdad.

Equivocada de vientre.

Difícil debe haber sido darme a luz a los 6 meses de gestación, pequeña yo, abortando un mundo, equivocada de vientre, ínfima, y corto-punzante. 

Difícil debe haber sido para la que me dio a luz ser siempre mi segunda madre, porque equivocada la vida, la que me dio  luz nunca me tuvo en su vientre pero me acunó con sus manitos negras…

Nacida de tu piel morena, nunca extrañé el tilde mama, para poder llamarte mamá.

No me diste a luz a la vida, pero me diste luz para sobrevivir al mundo, a los días. Me diste 15 años de inolvidable ejemplo para admirarte toda la vida que me quedó cuando tuviste que partir.

Mi puzzle nunca estará completo porque los años no te alcanzaron para verme crecer mamá.

El tiempo nunca cura nada cuando se me olvidan algunos detalles de tu cara.

A mí no me hablen de luchas, porque las conozco a diario cuando trato de reir para no llorar tu ausencia, para ser mejor persona, para vivir de tu ejemplo, para hacer sonreir a los niños perdidos, así como tú dedicaste tus años para verme sonreír.

Espérame viejita, que viajo pronto para escucharte decir mi nombre.

Borrador.

“Tía, nunca me ha gustado leer” A los trece años ese “nunca” me parece una condena demasiado definitiva

Soy profesora, no de literatura precisamente, pero si una amante de ésta. Me preocupa profundamente el hecho de que los niños criados en los barrios más pobres de nuestro país no sientan interés por la lectura, pensé que tal vez los libros que leen en los colegios no son los adecuados,  que no se ven proyectados en la literatura, no se sienten cómodos,  porque los libros les hablan de realidades que tal vez son demasiado alejadas de las propias y cuando uno es pequeño algo tiene que hablar de uno para ir descubriendo y relacionando elementos que antes pasaban por alto. La literatura que se relaciona con sus realidades y que ocasionalmente les habla de los lugares en los que se criaron casi siempre les habla de lo peor de la que ha sido su cuna; Violencia, drogas, muertes, injusticia. Los barrios viven de esos elementos a diario, pero a los trece años, nadie quiere verse proyectado en ese cuarteto siniestro.

¿Qué sucede con el otro barrio? Con ese que los ve crecer,  ese orgullo que nace un día cualquiera, en un hecho inolvidable que con los años se llena de nostalgia.

Proyectarse en los buenos recuerdos del barrio es proyectar momentos, así, como se hace en todos los aspectos de la vida. ¿Cuándo nació tu barrio? ¿En una “pichanga” dominguera? ¿Esa tarde en que jugaste por primera vez con los vecinos? ¿En ese primer enamoramiento en la plaza? ¿Dónde nacieron tus primeros recuerdos inolvidables, en esas calles, las mismas que observaron cuando aprendiste a andar en bicicleta? Esas mismas calles que te vieron caer, besar, y crecer.

Eduardo Sacheri, es un escritor argentino, conocido por escribir la novela “La pregunta de sus ojos” que luego se transformó en la reconocida película ganadora de un Oscar, “El Secreto de sus Ojos”.  Sacheri escribe cuentos de fútbol es su gran mayoría, pero como bien dice, no es sólo fútbol del que habla, porque el fútbol nunca es sólo fútbol, y en los barrios nunca una cosa puede ser considerada una sola. En el libro “Un viejo que se pone de pie y otros cuentos” del mismo autor, hay un cuento que habla precisamente de esa construcción de barrio de la que hablo, ese nacimiento del que los que nacimos en las mismas calles nos sentimos orgullosos.  “En paz descansa” se titula, y comienza con un párrafo inolvidable: “Mi barrio nació una mañana de sábado, en la primavera de 1978, y vivió cuatro o cinco años a lo sumo. Aclaro que cuando hablo del nacimiento de mi barrio no me refiero a la fecha en que se construyeron las casas ni a aquellas que se habitaron de gente. Mi definición de barrio es más subjetiva y más estrecha. Mi barrio nació cuando los que fueron mis amigos y yo lo poblamos, lo recorrimos, lo conquistamos”.

Es importante hacer el recorrido, Sacheri, configura el lenguaje de manera tal que sus recuerdos, todos, hasta la muerte de su padre, te parece familiar, y recuerdas a ese amigo que perdió a su padre, recuerdas partidos de fútbol improvisados en el pasaje principal, aunque tú no estuvieras más que de espectador, aunque tu ni siquiera estuvieras jugando. Si se hace el ejercicio de recordar, la lectura, no parece lectura, parece un racconto del que no quieres despertar, porque te das cuenta que tu barrio tiene otro barrio adentro, ese que llevas contigo, ese que te construye, ese que llevas como mochila de juego.  Hice el ejercicio de lectura con mi padre, un hombre que con suerte lee el diario, el resultado fue increíble, puse en sus manos el mismo cuento “En paz descansa”  sus ojos se volvieron brillantes y una sonrisa se posaba en sus labios mientras avanzaba la lectura, volvió en sí unos minutos después de terminada la lectura, y toda esa tarde comparó los recuerdos de Sacheri, con los suyos.

En ese ejercicio me di cuenta que tal vez no es la falta de proyección de la que hablaba al comienzo, tal vez, las generaciones actuales no tienen esos recuerdos del barrio, porque no salen a recorrerlo,a conquistarlo,  lo ven por las noticias después de pasar todos sus días  jugando “Play Station”.

A mi papá que me hizo hincha de Colo-Colo

Esto es Colo – Colo!

Este ColoColo que no pertenece a nadie en particular,
pero que pertenece a todos en general. Pertenece a Chile entero.
Este ColoColo, como hablábamos con Héctor hace un rato,
cuando comenzaba la jornada, que ha sido sintetizado
como fenómeno social por psicólogos y sociólogos.
Y yo preguntaba esta noche ¿Qué es el fenómeno social?
¿Me lo pueden explicar?
Que vengan los doctos, que vengan los maestros,
que vengan los literatos, que vengan los hombres de la poesía a describirnos esto.
¿Exceso de fanatismo? ¿Exceso de ilusión?
Es que ColoColo es una cosa tan difícil de explicar.
Es que como yo decía: ColoColo es un trozo de cordillero,
porque si su camiseta es blanca, alguna razón tendrá,
porque ColoColo es mano de trabajador,
mano callosa del obrero, es sangre araucana que corre por las venas,
es pulmón de trabajador, es genuina expresión de aquellos que se
esconden en la profundidad de la mina, que se ensucian
con el carbón, que luchan de sol a sol,
porque allá, a tajo abierto en Chuquicamata o
bajo la tierra en el mineral de El Teniente,
luchan diariamente y tienen como única
satisfacción a lo mejor en la semana,
más allá de la remuneración, más allá del sueldo,
el saber que sus colores, sus pendones son triunfadores.

Vladimiro Mimica, 5 de junio de 1991

Si hablo de mi familia tengo que irremediablemente hablar de ColoColo. Si hablo de ColoColo, debo ir a las profundidades del barrio, de mi padre, mi madre y mi hermano. Tengo 27 años soy profesora de una escuelita, y cada vez que alguien me pregunta:“¿Tía, de qué equipo es usted?” contesto altiva que soy del más grande. Así es como me enseñaron y así es como lo siento yo.
Mi padre, un cocinero sacrificado y trabajador, ensimismado, cabizbajo, con una personalidad silenciosa, impenetrable, del que uno nunca supo qué pensaba o cómo entablar una conversación que le interesase más allá del fútbol. Lo único que lo hace salir de su silencio es el fútbol, pero aún más que el propio fútbol, ColoColo. Desde pequeña la única forma que encontré de tenerlo cerca era acompañándolo al estadio, sin decir palabras, tratando de encajar en su silencio, de no molestarlo. Al principio como niña no entendía nada, luego, después de cada gol en contra, los nervios de niña me invadían, pero la voz seca de mi padre me decía: “Vamos a ganar, esto es ColoColo” esa frase siempre estaba y, como un presagio, siempre resultaba. Mi padre la enunciabay el Cacique no se daba por vencido, hasta el último minuto sus guerreros se jugaban la vida en la cancha.
Así fui construyendo mi visión sobre el fútbol, a partir de ese coraje que impregnara David Arellano, dando su vida en canchas españolas. Ese coraje y valentía que los marginados, los sin voz, los que sudan hasta el alma para ganarse unos pesos y parar la olla entienden y los identifica, porque la cancha es la vida y ganar el domingo es doblarle la mano al destino infame.“Porque naciste de gente humilde con alma de pueblo” dice la hinchada. Eso para mí es ColoColo, el alma del pueblo, de los trabajadores que gozan con los triunfos y sufren con las derrotas.
Los recuerdos de infancia son como tesoros del almay aunque yo era muy pequeña para dimensionar lo que era ganar la Copa Libertadores de América, ahí estuve en brazos de todos los que caminaron desde Recoleta a Plaza Italia, en el carnaval más bellamente improvisado que se haya visto jamás, con banderas gigantes, la cara pintada y el corazón saliéndosenos del pecho, pulsando al son de los tambores. Desde tan pequeña experienciando esa fiesta del pueblo, las navidades albas, los ritos, los cantos, todo felicidad.
Recuerdo celebraciones en mi casa, con los amigos de mi hermano, los de “La Reco” invadiéndonos la casa con camisetas blancas y mi padre al medio de ese particular estadio, en silencio, con un vaso de cerveza, viendo con lágrimas en los ojos las repeticiones de los goles del ColoColo campeón. Por esa razón desde pequeña supe que el fútbol nunca fue sólo futbol, era el brillo no disimulado en los ojos de mi hermano, y la emoción de un gol no era sólo eso, era un retrato sublime de lo que una conquista en el arco rival puede provocar en la vida de una persona como mi padre, porque tengo la sensación de que la cancha de fútbol, lo dije antes, es como la vida y la proyección interna de la libertad, de quedarse niño para disfrutar de un partido eterno, y no salir de la cancha nunca más.
Mis adolescencia fue de estadio, acompañando a mi padre a Valparaíso, Viña del Mar, Coquimbo, el espectáculo era más pobre en infraestructura, pero era más rico en acción, las entradas eran razonables y el fútbol aún no estaba tan mercantilizado e industrializado como ahora y ColoColo era ColoColo, los jugadores nunca lo olvidaban, la mojaban y aunque fuera perdiendo la frase “esto es ColoColo” era fiel reflejo de esa esencia futbolística y de lucha.
Cuando las nubes negras se posaron sobre Macul en tiempos de quiebra, llenaba el alma ver a su gente luchando por sacarlo de ese agujero profundo y aunque dicen que después de la tormenta viene la calma, ver llegar a Blanco y Negro dio con ese adagio en el suelo, al suelo donde también se fueron nuestros sueños, la privatización de nuestra pasión patentó nuestra frustración, porque ellos no son ni serán ColoColo. Dirán que el Cacique no es el de los últimos tiempos, puede ser. Se perdió la esencia, dirán otros, puede ser también, sin embargo creo que la esencia del popular somos nosotros. En nosotros, su gente, sus hinchas se mantiene vivo ese Albo que lo podía todo y aunque puede parecer un autoconsuelo, pero ellos, los que transformaron el Club de todos en un negocio de pocos, no sabrán nunca, no serán portadores jamás de esa esencia, nuestra pasión.
Los años han pasado, mi padre fiel a su silencio, mi hermano optimista, mi madre que ya no ve partidos porque el “calma, esto es ColoColo” ya no sirve y los nervios que la invaden, se hacen parte de cada partido. Yo soy realista, pero el amor por esta familia alba no me deja bajar los brazos. Tengo sobrinos pequeños que no bajan la cabeza con las derrotas, porque amar al Cacique es tradición familiar. Por eso, para que ByN no siga quitándonos la esencia, necesitamos juntar a la familia, porque pueden pasar cosas terribles a lo largo del tiempo, pero la familia se mantiene unida, y te tiende la mano cada vez que lo necesites. Nosotros somos la familia alba y en esa familia ByN no tiene cabida alguna.
Yo quiero ser parte de esta lucha familiar para poder decirle a mis sobrinos, hijos, nietos cada vez que el marcador está en contra: “Tranquilos, vamos a ganar esto es ColoColo”.

Volver a jugar con la inocencia.

A María Eduarda, mi alumna de la escuelita.

28 años tuvieron que sobrevivir en mí para descubrir un universo en el eco de tu risa

Inocente yo, he vuelto a ser niña para tirarme al suelo a jugar con todos los pedazos que quedaban de mi infancia, jugando al parque de diversiones, a las bailarinas, a contarnos chistes, a cantar de manera graciosa las canciones de Morrissey, armando así mi puzzle y  de esa manera llenarme de tu alma etérea.

Oye Lalita, nuestros universos y locuras riman.

Un, dos, tres por mí y por ti compañera.

Infinito

Donde quiera que esté, si ella gritara mi nombre yo ya no podría escucharla. Tenemos un limbo de distancia.

Eternidad es no volver a escuchar a tu madre decir tu nombre por los siglos de los siglos…